No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

jueves, 24 de octubre de 2013

Se supone que todo iba a ir perfectamente. Mintieron.

Una vez más compongo baladas sobre corazones rotos y trozos de alma que arrastra el viento. Me resigno a pensar en un futuro demasiado aterrador, a vivir en un presente demasiado incoherente. Y fuera llueve, parece que se cae el cielo a pedazos, y aún dentro de esta pequeña habitación me siento desprotegida.
Algo familiar llega hasta mi pecho dejando paso al vació, mis manos se quedan frías; puedo sentir todo lo que me rodea con demasiada intensidad.
Ese es el problema, la intensidad. La intensidad de las palabras, de las miradas, de los corazones, de las cosas que nunca (absolutamente nunca) deberíamos llegar a hacer. Precisamente por eso hoy estoy tan alerta, tan asustada a el mínimo movimiento de octubre.
No quiero volver a encerrarme en libros con letra pequeña y restos de ilusiones. Yo jamás fui ilusionista, y si lo fui fue hace demasiado tiempo como para recordarlo.
Hoy me dedico a mirar por la ventana con el corazón en la mano, pensando una y otra vez las palabras que debería haber dicho, las cosas que debería haber hecho, los secretos que no debería tener, pero es inútil. Ni la vida ni los corazones dan segundas oportunidades. Creo que le llaman vida, pero sigo dudando sobre si todo esto que la gente siente es real o no.

Las casas abandonadas están demasiado lejos, el frío no termina de llegar, las miradas marrones destrozan cada día más rápido y yo sigo sin tener claro como se desencadenan todas mis catástrofes. Y la verdad es que hoy los pájaros que surcaban el gris no hacían más que traer malas noticias.
Nadie debería ser derruido contra su voluntad, ¿pero y si no tuviésemos otra opción? ¿Y si cada parte insignificante del mundo que nos rodea estuviese decidido a hacernos una pequeña cicatriz? Nunca he conocido a nadie que pueda soldar un corazón hecho pedazos de nuevo, y el mío no será una excepción.
Pero me prometieron amortiguar los golpes con morfina y alcohol, conseguir revivir a mis penas éxtasis tras éxtasis, dejar que el hielo desapareciera completamente sin acusar dolor.
Se supone que todo iba a ir perfectamente. Mintieron.


lunes, 14 de octubre de 2013

Ángeles caídos.

Recuerdo ese momento. Yo estaba delante de él, en medio de la calle, riéndome con los ojos entrecerrados, lo hacía con una capa impermeable de sentido, de sentimientos; permitiendo que una mínima parte de la verdadera alegría llegara a mi corazón y bombeara por mis venas. Era todo muy superficial, como esas heridas que te haces y sangras un poco pero nunca sientes verdadero dolor. Yo siempre me aseguré de que todos los sentimientos fueran así, de que llegaran pero no lo suficiente. Puse mi propio interruptor de los sentimientos en mi corazón para controlar todo aquello que pasaba por mi estómago.
No me permití la felicidad plena, ni el calor y la dulzura de un beso, ni los abrazos demasiado largos, ni amar... Me prohibí amar bajo cualquier circunstancia o cualquier alternativa.
Sobrevivo gracias a eso. Un simple "clik" y todos mis nervios desconectados al mínimo, mi corazón anestesiado y mis ojos frívolos.
Así funciona mi sistema, cuando tiene sentimientos se sobrecarga y teme con explotar, debe estar siempre cínico y congelado. No hay fugas de adrenalina, ni de tristeza ni de nada. Todo lo que hay dentro se queda dentro, todo lo que hay fuera se queda fuera.

Esta vez fue distinto. El interruptor había desaparecido después de un calor demasiado duradero, mi corazón se había descongelado, el interruptor se había sobrecargado, había sido eliminado.
Me había quedado desprotegida frente un sentimiento demasiado fuerte para un corazón tan debilitado por el hielo. El simple apogeo de su risa junto a la mía, sus ojos grises... consiguieron traspasar las barreras que había formado a mi alrededor.
El sentimiento dio de lleno en diana y mi corazón cansado por los pocos esfuerzos que ha realizado a lo largo de los años sintió una punzada de dolor detrás de otra.
Desde entonces cualquier palabra. cualquier sentimiento normal, cualquier alegría perforada con un poco de verdad duele; en realidad, duele todo desde siempre, pero ahora que mi sangre y ano contiene la común anestesia de emergencia todo se ha amplificado.

Ahora ando por los pasillos del gran edificio como si fuera a la guillotina, esperando no reencontrarme con ningunos ojos grises con demasiado brillo, esperando que el interruptor vuelva a aparecer. Que mi crueldad personal aparezca de la nada como hacía antes, porque poco a poco la falta de este muro me matará. Conseguirá destrozar a mi corazón más de lo que está.

A mi siempre me gustó el frío por algo, lo necesito, hace que el interruptor funcione. Por eso quiero que las madrugadas empiecen a congelarse. Porque si te enfrías te congelas...
Y en estos momentos, solo deseo que mi corazón se congele lo suficiente como para dejar de estar buscando inconscientemente a esos ojos grises todo el tiempo, porque me destrozaría. Él no lo sabe, pero su amor me destrozaría.