No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

domingo, 23 de febrero de 2014

Batallas desde dentro.


El entró una mañana en mi cuarto sin ninguna escusa aparente.
-Estaba ocupada.
-¿En qué?
-Fingía que vivía.

Después de medio año martirizándome aún no lo he asumido, no creo que pueda llegar a controlar a mis sentimientos bajo ninguna circunstancia, así que actúo de modo racional como se espera de la gente que ya no tienen corazón o que lo tiene demasiado destruido como para ver nada más haya. No respiro hondo, ni sonrío demasiado, ni río tontamente, no doy la mano, ni los dos besos al saludar y evito dar abrazos al despedirme. Me mantengo muy recta en clase, miro al profesor: sin ser una amenaza pero sin evitar su mirada. Lo hago en silencio y no suelo hacer comentarios sobre nada.
Espero a que todo pase rápido- aunque no lo haga después- y aún así lo intento. Sigo siendo un desastre, demasiado descuidada para estudiar lo suficiente, ser simpática con todo el mundo y decir lo que debo cuando debo, pero aún así: aunque lo odie y desee gritarle a todo el mundo que se vaya a joder a otra, lo intento. Realmente lo intento.
Y puedo asegurar que me desespero, me dan ganas de romperle el alma a alguien y no tener que pasar por ninguna de estas gilipolleces que la vida nos pode por delante porque considera conveniente.
¿Pero que clase de persona sería si no lo hiciera? Al fin y al cabo todos pasamos por lo mismo y pocos optamos por la parte de quejarnos hasta que alguien nos escuche, nos diga que no hay otro remedio y nosotros volvamos ha hacer que no pasa nada.
Nos duele a todos y es duro para todos. Unos optamos por fingir y otros por echarse a llorar a ver si alguien les hace una pizca de caso( no suele ocurrir, todo suele ser falso) pero todos intentamos seguir vivos al día siguiente sea como sea.
Eso es lo que cuenta.






lunes, 10 de febrero de 2014

Vértigo, ignorancia, vida.

Me descompongo entre témpanos de hielo, me deshago en cada palabra, con cada mirada que me lanza este maldito invierno, está todo el día pendiente de si me caigo o no. Me encantaría decirle que estoy cansada pero que aún puedo permitirme caminar con la vista puesta en las nubes y el corazón vacío, no espero que se lo crea, pero puedo intentar mentirle otra vez.
No me alejo demasiado de las puestas de sol porque temo que si me adentro en la oscuridad de la noche acabe perdida entre sentimientos encontrados y decepciones de varios años. Nadie me encontraría, ni si quiera aunque alguien intentara buscarme, ya me a pasado más veces y cuando por fin renazco de mis cenizas todo a mi alrededor parece tan caótico y miserable que vuelvo al mismo agujero del que he salido. No destaco por mi valentía, todo habrá que decirlo. Al igual que ellos no destacan por poder ver algo más allá de sus tambaleantes manos. Ni si quiera me permito quejarme del tema, hace mucho tiempo que caí en la cuenta de que todos estamos completamente solos y que por mucho que lo intentemos una vez que todo se derrumba pocas cosas pueden hacer que todo vuelva a la normalidad, creo que eso es lo que me pasa a mi. Me han deshecho demasiadas veces y ni si quiera yo sé como soy en realidad para poder arreglarme de nuevo; y es irónico.

Tampoco tengo esperanzas en despertar y ser feliz de repente como todo el mundo promete y promete cuando más desesperado estás, la verdad es que eso no hay quien se lo crea.
A menudo asemejo la vida a una carta muy mal escrita, como esas que nunca sabemos como empezar y al terminarla nos damos cuenta de todo lo que nos hemos olvidado escribir.
Nuestra vida es parecida, al principio no sabemos que hacer, como movernos entre todo el oxígeno contaminado que se nos permite respirar y cuando por fin empezamos a escribir algo importante nos damos cuenta de los detalles, de las cosas que en un principio quisimos escribir y al final no pudimos. Lo redactamos todo mal, escribimos demasiado deprisa en algunos párrafos , y demasiado despacio en otros. El final es deprimente, encabezado por alguna frase que nosotros creemos elocuente pero que en realidad es estúpida como esas despedidas que hacemos a medias cuando no nos atrevemos a abrazarles pero no nos queremos ir sin hacerles saber que nos importan.
Y luego está la firma, nuestro apretado nombre que a menudo carece de significado, porque ni siquiera nosotros sabemos muy bien quienes somos; lo escribimos apretando fuerte - con la esperanza de que se quede allí durante mucho mucho tiempo -  nos esmeramos en cada letra dibujándola delicadamente.
Olvidamos lo más importante, la verdadera despedida, la que merece la pena escribir.
Ni si quiera nos molestamos en releer todo lo que hemos escrito, doblamos la carta rápido para no recordar que ha sido todo un desastre, y la metemos en el sobre esperanzados de que les guste ( al fin y al cabo es nuestra obra).
No recibiremos respuesta, es una de esas cartas que se acaba perdiendo, esa carta está destinada a no llegar, a no importar realmente, como nuestra vida. Pero pese a todo esto: aunque la carta haya salido mal, nadie la reciba y jamás vaya a tener respuesta, es importante escribirla y mucho más enviarla. Porque era nuestra carta, nuestro pequeño desastre, era nuestra vida.


                                    Simplemente, nuestra historia merece ser contada.

















miércoles, 5 de febrero de 2014

La verdad sobre los monstruos.

Es cierto, son tan terroríficos, tan manipuladores y lunáticos como cuentan. No os engañéis, lo son. También son terriblemente hermosos, tienen algo que nos conquista a todos.
Son los ojos con demasiado misterio, o las sonrisas maliciosas que te recuerdan que no sabes nada sobre el mundo. Tienen el alma de los ángeles caídos, de esas oscuras criaturas que cayeron desde el más brillante cielo.
A veces lo intentan, intentan mejorar, no incendiar todo hasta los cimientos por diversión (la mayoría de las veces ni si quiera consiguen deshacerse de las ganas de destruirlo todo). Ellos también se sienten como monstruos, sociópatas demasiado cínicos, frívolos, calculadores, racionales. No tienen ninguna esperanza sobre si mismo, se dedican al mal por el simple impulso de poder hacerlo. La mayoría de las veces que se parar a pensar sobre lo que han hecho sonríen, no es culpa suya, son así.

No son inocentes de nada, sus mentes son abismos oscuros que podrían atraparte demasiado pronto, sus muñecas están llenas de cicatrices y sus labios son ágiles mentirosos, embaucadores de secretos. Un peligro en potencia.
Pero deberíamos recordar que todos los monstruos que en el día a día lo son, antes fueron humanos de carne y hueso, nadie nace monstruo sin más. Los monstruos se crean, poco a poco, en silencio y entre mucha oscuridad. En lugares llenos de tristeza y soledad, rodeados de susurros acusadores y ojos con miradas duras.
Han sentido tanto frío en sus cuerpos que han acabado con corazones congelados, pupilas dilatadas y palabras tan afiladas como el cristal. Fueron destruidos.
¿Irónico , no?
Están sumidos en una oscuridad completa por culpa de lo que les hizo convertirse en monstruos despiadados. Y se enamoran, y siguen sufriendo; pero son monstruos - su mejor cualidad es la de fingir bajo cualquier alternativa - nadie llegaría a entenderlo. Al fin y al cabo solo son monstruos, ¿verdad?


                                    Pero la verdad es que incluso el monstruos más cruel fue humano.
                                               Y eso , por mucho que no nos demos cuenta,
                                                 los convierte en más humanos que nosotros.