No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

viernes, 18 de abril de 2014

No soy la elección adecuada en ninguna situación.

No sé como expresarlo sin que se me traben las miradas, o sin querer gritarle a mi escala de desastres que no quiero más colecciones de amores incompletos. Porque no sé que siento, ni que digo, ni que debería decir en todas las situaciones que me rodean intentando abrazarme. Me resisto a la lluvia porque sé que si acabo empapada una vez más el castigo no será nada bueno, no saldré de mi agujero. Ese que construimos hace siglos para escondernos de las fantasías fallidas y las pesadillas de madrugada. Donde me escondía cada vez que las alturas hacían de las suyas y nada era suficiente para continuar con el plan B.
Y estábamos bien cuando te fuiste. Cuando nos abandonaste. Cuando me abandonaste y te olvidaste de mencionar que no volverías.

Pero ese no es el problema, lo sé muy bien. El problema soy yo y esa maldita manía de querer hacer lo correcto, de pensar las cosas dos veces antes de saltar encima de las luces de una ciudad a oscuras. Arriesgo sin arriesgar y arrastro conmigo toda la tristeza que un día dije que jamás sentiría. No es nada malo. Solo un error que ya he decidido asumir y llevo a cuestas con la poca dignidad que mis labios apretados conservan.
Me acuerdo de mis cuentos, esos sobre hadas malvadas y monstruos que no dudaban ni un momento en rescatarte cuando lo necesitaras, era un favor que se saldaría con otro un poco más grande. Lo recuerdo como si fuera la música de fondo de una película que sabes desde el principio que te hará llorar. El sentimiento de resignación no se te separa de la garganta pero eres incapaz de apagar la tele y pensar que todo fue una equivocación.
Y me hundo, sin querer y sin pensarlo, porque el agua fría me atrapa con inocencia y cuidado. Está al tanto de todas mi heridas en las rotas muñecas y hace que no sienta nada de lo que me rodea. Me confunde el olor del veneno que el aire de verano lleva hasta aquí.
Todos me miran esperando a que una vez más les salve sin darse cuenta de que estoy muerta desde hace tres primaveras, y les sonrío con la esperanza de que alguien me coja la mano y me diga que no pasa nada, que mi muerte será recordada. Me preocupa que aún no haya pasado.

Salto de tejado en tejado, voy detrás de los gatos negros de ojos azules que susurran la promesa de libertad cada anochecer. Es una bonita mentira para distraerte entre semana - si lo sabré yo- .Nunca les alcanzo pero las golondrinas insisten en que antes de que ellas se hayan vuelto a ir, yo caeré de nuevo en esa sensación de euforia al alcanzar a las sombras y que todo volverá a la normalidad. Supongo que ellas tampoco se han dado cuenta de que una vez muerta las posibilidades de euforia son nulas. No pasa nada.

Pero lo que verdaderamente me preocupa es la presión que empiezan a ejercer las palabras sobre mis pulmones, lo difícil que se me hace pronunciar una sola frase sabiendo que luego va otra y otra, y que yo puedo terminar en el suelo de un momento a otro sin poder hacer nada para evitar lo inevitable.
Romper a llorar.
Porque romper a vivir ya no puedo.