No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

miércoles, 25 de junio de 2014

Sabes a café.

Como esos libros filosóficos que hasta que no terminas no entiendes  o esas llamadas anónimas que piden ayuda desesperada a las cuatro y cincuenta y dos minutos de la mañana. Eres voluble, te dispersas en el mar de la inconsciencia y terminas en puertos lejanos sin siquiera quererlo. Tienes en la mirada ese constante toque amargo que hace que quieras saber mucho más de lo que sabes, aunque después cuando te pregunte sobre lo que realmente te preocupa acabas mintiendo diciendo que hoy la luz del sol te hace daño al alma y que por eso evitas las miradas. Eres cálido. Utilizas la sutileza de tus manos para darle fragilidad a todo, incluso aunque lo que tengas en tu poder sea un cuchillo de acero inoxidable.
Tu sabor es fuerte, a veces se dulcifica con una sonrisa pero por lo general tus labios están en constante tensión pensando en su siguiente adivinanza invertida. Despiertas, asombras a cualquiera que se digne a regalarte una mirada, se te podría comparar con una rayo de luz en medio de la noche de seis meses del Polo Norte.

Vuelves adicto a todo el que te toca, a todo el que te prueba. Me volviste adicta con esas historias tuyas sobre niños perdidos que acaban ahogados por culpa de un princesa con vestido destrozado; conseguiste que necesitara tus ojos de color marrón profundo cada tarde antes de las "buenas noches" y cada mañana en el lado izquierdo de mi cama.
Te convertiste en mi debilidad, en mi pasión en una semana;  y después de un año ya no hay forma de sacarte de mis lápices de colores.

Y a veces me susurras que no entiendes que haces hablando conmigo en medio de la calle sobre por qué la gente sonríe tan poco cuando va por la calle o comentas de la nada que te encantaría llevarme al mar, a dar una vuelta, aunque el mar esté a más de 400 kilómetros de nosotros.

No entiendo tu forma de vivir, tan homogénea y a la vez tan extrema. Porque un día estás aquí y al siguiente ya has desaparecido en busca de una de tus peligrosas aventuras. Me asustas. Me recuerdas al café. A la taza con tres cucharadas de azúcar que me tomo cada mañana para poder seguir con consciencia un poco más. Ayudas a mi organismo a continuar cuerda y a la vez me vas volviendo un poco más adicta cada día a tu sabor amenazador.

Pero me gustas. Me gusta cuando susurras que todo va a salir terriblemente mal y después sonríes de lado o cuando llamas al timbre de mi casa solo para preguntarme si hoy me encuentro bien. Suelo mentir y tu sueles seguirme el juego invitándome a tomar algo. Y también me gusta cuando más tarde me besas y tu dices: sabes a café.