No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

domingo, 10 de agosto de 2014

Pintauñas rojo.

Cuando era pequeñas solía irme de vacaciones a un pueblo en el que no había nada. No había gente agradable de esa que te sonríe por las mañanas, ni tampoco una preciosa fuente o una preciosa plaza. No había nada, pero no me gustaba aquel pueblo por lo que no había en él, me gustaba por lo que sí.
Nuestra casa era de piedra, una vieja construcción  fruto de una familia que acabó a kilómetros de distancia de ella, ahí es cuando entramos nosotros, cuando entro yo.
Me críe en ella como lo hacen los niños que aún no saben andar y aprenden a dar sus primeros pasos a tropezones, tenía algo que te atrapaba, un olor distinto, una forma distinta.... Algo que te hacía apreciar los pequeños detalles de forma distinta.

Los sábados por la mañana desayunábamos tarde y después de hacerlo salíamos a la terraza; en ella había tres árboles siempre descuidados y un suelo de piedrecitas que conseguía que te dolieran los pies si andabas descalzo. Nos sentábamos en la sombra, en círculo - con aquel tarro tan pequeño de color azul - e íbamos pasando ese pincel tan desgastado por nuestras uñas.
No tiene nada de especial , diréis. Y es cierto, no lo tiene, es algo sin importancia cuando tienes ocho años. Pero ya ha pasado mucho, lo suficiente como para mirar a atrás de vez en cuando y verlo todo con perspectiva. Y ahora cada vez que recuerdo ese lugar y las cosas tan cotidianas que hicimos allí se me escapan los suspiros de nostalgia.

¿Por qué?  No lo sé realmente, solemos idealizar los recuerdos cuando ya ha pasado lo suficiente, eso o he terminado sacándole cosas buenas a aquellas mañanas de mi infancia en verano, en una casa que no era mía y a la vez siempre lo será.

Hoy lo he recordado por el pintauñas, por algo común, porque antes me pintaba las uñas  de azul siempre (solo teníamos ese color), no había donde elegir.  Lo recuerdo porque ahora me las pinto de rojo.