No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

jueves, 12 de febrero de 2015

Me esconderé en la Luna el resto de mi vida, no me busques.

Podría representar la escena como una obra de teatro demasiado dramática, o como ese dibujo con tanto detalle que llevas mirando sin saber por qué más de lo que te permites a ti mismo. Podría escribir, recitar - incluso - dibujarte entre las nubes todas las esquinas y sus aristas. Solo para que sepas como se siente uno cuando está atrapado en esa clase de lugares.

No tiene un color determinado, puede ser azul - si lo prefieres - o gris si te gusta más el color de las tormentas. Lo único indispensable que debes imaginarte es a un tú justo en el medio, intentando ocultarse detrás de su propia mirada y con las manos llenas de sangre ( no es tuya, no te preocupes).
Llevas allí mucho tiempo, te miras a ti mismo como se miran a los especímenes desconocidos y extraños: con una lupa y cara de circunstancia - y también algo de terror-.

Debes hacer un estudio exhaustivo, nadie sabe que tripa se te ha roto o que parte de tus pupilas sufren inundación, eso solo puedes saberlo tú.

No hay nada fuera de lo común en tus hombros, allí sigue el peso de una vida entera con sus horas y sus días y sus millones de segundos desperdiciados gota a gota; como un dolor imperial que tienes la esperanza de que se esfume. Si sigues por tus brazos verás unos músculos desgastados, unas venas que recorren tus lunares como si de una autopista de éxtasis se tratara. Pasan por cada puerto pero siempre acaban en el mismo lugar. Tus pies tienen ya cierta insensibilidad de pisar tantos caminos ardiendo y correr por encima de rocas con doble filo. Tu ombligo muestra una clara ausencia de amor - te han vaciado al completo - desde hace años.


Después de ver todo eso, solo te queda visitar un tronco casi destruido al completo. Tu pecho es de un transparente casi traslúcido por culpa de las cicatrices. Se amontonan unas encima de otras, como si hubieran pasado el cuchillo en la misma zona desde diferente perspectivas, dejándote claro que allí dentro se coló algo que no debería haber llegado nunca.
Dentro de tu pecho, escondido entre las costillas y ese esternón que está a punto de romperse hay una masa muscular negra, podrida casi en su totalidad. Bombea algo que se asemeja al alquitrán, denso y tóxico - son los residuos que todo el que te toca deja en tu punto de gravedad, solo para que les recuerdes -.

Podría decirse que ya hemos encontrado la causa del problema: te estás pudriendo. Mueres de una forma lenta y dolorosa rodeada de venenos que un día quisiste con todo tu ser. No hay cura. No puedes sustituir un órgano tan dañado. Para hacerlo debes arrancártelo tú misma y buscar uno nuevo en esa sala de torturas.

Sí, esa es la imagen. Te has convertido en una especie en extinción y ahora que ya te has diagnosticado de cáncer de alma no queda nada por hacer, solo esperar. Aunque tampoco sepas a qué esperar.

Podría esperar una última oportunidad, que la crueldad se reduciera a la mitad de la velocidad o, incluso, que apareciera alguien en el último momento con una cura errónea y te dejara la esperanza en la boca.
Podría; pero ahora que ya sabes como está la situación es mejor que salga de esta hospitalización aducida y que me mude a mi antigua casa, a la Luna. Allí por lo menos sé que moriré a la sombra de un estrella mucho más luminosa de lo que fui yo y podré observar mientras tanto como lo demás también se apaga.




- Te prometo que lo siento. He hecho todo lo que he podido pero mi diagnóstico es terminal. No se puede hacer nada.