No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

domingo, 15 de mayo de 2016

No sé cómo llamarte

Me siento desconocida, descontrolada, deshumanizada y lo peor de todo, fría.
Tan fría que no hay manta que me arrope en la oscuridad lo suficiente. Fría en lo más profundo del alma, del espíritu.
Congelada en la sensación de vacío.

Me han advertido tantas veces de este tipo de cosas que todavía no me explico qué demonios he hecho para acabar así.

- Beber.

Suena mal pero necesitaba matar algunas cosas de mí y el alcohol es un buen desinfectante. Esa es la escusa general, porque en el fondo no tengo los suficientes ovarios como para reconocer el resto de cosas. Ni si quiera borracha.

Porque sigues teniendo los ojos preciosos y la sonrisa más triste que he visto en mi puta vida. Y mi vida es muy puta, a si que imagínate. He tenido que verte a oscuras y bajo las luces de colores de un bar cutre para darme cuenta de los destrozado que estás. No dijiste nada, porque qué cojones vas a decir tú. Nunca has sido mucho de hablar. Preferías dejarme esas cosas a mí.

Así hemos acabado.

Cantando a media voz versos de desamor que había olvidado, controlando los nudos en la garganta con tragos de ginebra, fríos.

Tan fríos que no te reconozco en mí - y somos lo mismo -, por eso sé que algo falla en la ecuación.

Después llegué a casa. Me has llamado tres veces.
La primera dijiste que todavía seguías un poco borracho pero que querías recordarme el café de las cinco de la mañana.
La segunda fue para asegurarte de que te sigo queriendo (tanto) y me prometiste que no volverías con ella.
La tercera no te cogí, porque no tenía claro que iba a decir si me contabas que al final la elegías.


No lo sabe pero tengo tanto frío por su culpa.
Que alguien se lo diga y que le pese en la conciencia.











lunes, 9 de mayo de 2016

Tu tú que es más yo que del resto.

Duele.
Prende.
Arde.
Y me llevas hasta los conocimientos del inconsciente a ver si consigo pasar los muros del superyo y llegar hasta a ti; porque te pierdo y te escondo - en todas los cambios de carril y debajo de mi cama - como a los desterrados.

Ahí estas, un poco más arriba en la cadena alimenticia, jugando a ser el jodido dios de mi sistema circulatorio. Probando todas las teclas a ver si encuentras la que haga que mi corazón explote.

Pero duele.
Prende.
Arde.
Y estamos enfrente mirándonos a los ojos, sin saber que decir y con el arma mortal en la lengua - a ver si hay cojones de disparar, de morder donde más duela -. No necesito una guerra civil para saber que los bandos abrirán fuego en cuanto sonrías.

Ahí estás, con los brazos abiertos y pose vacilante, como si supieras que pienso rendirme mucho antes de que escupas tu veneno a ver si me salpicas. Siendo el rey de un alma que no te pertenece.

Aunque duele.
Prende.
Arde.
Y me pregunto qué vi en ti y en tus alas negras para haber escrito cartas a las tres de la mañana y haber llorado en la ducha porque no había visto ni rastro de tu gélida mirada. Si las enfermedades crónicas son como esto prefiero morirme de un cáncer terminal que mate mis células antes de verme obligada a cerrar los ojos mientras te vas.

Ahí estás, diciendo adiós como un traidor que abandona a sus hermanos de sangre y solo deja cenizas y sensación de pérdida. Haciendo que pierda todo el control.


Me duele.
Me prende.
Ardo.

Y estoy en un precipicio sin fondo que brilla como si quisiera cegarme. Tú me agarras de la mano y saltas por los dos - porque siempre has sido así de egoísta - porque por eso me enamoré de alguien como tú.

Porque me dueles.
Me prendes.
Haces que arda.













sábado, 7 de mayo de 2016

Hace tiempo que me estrello a tu salud.

Querido:

Si me enamoraras te escribiría una canción con gallos en todos los finales de verso, te dejaría el desayuno hecho antes de salir de casa e intentaría sonreírte cuando me invadieras mi cama (mi gran templo) y exigieras un poco más de la manta. Dejaría que me leyeras y dejaría de leer solo por ver como te quedas dormido viendo algún programa cutre en la televisión.

No te querría de la forma convencional, ni establecida, ni de la consciente, ni si quiera de la coherente - aunque bueno, yo enamorado no soy muy coherente -. Te querría cuando llegara tarde por culpa de mi trabajo, las horas extras y todas esas cosas que me agotan y me hacen tener ganas de dormir y me acercaría a ti para sentir un poco de tu calidez y para demostrar que no soy tan zorra pero aún así que sepas que lo soy. Te querría cada vez que besara tus vértices, curara tus desequilibrios por ósmosis y, al final, te sacara una sonrisa.

Me derretiría cada vez que la tristeza te inundara. Dejaría mis malabarismos con la realidad solo por darte un trozo de quietud entre todas tus pesadillas,

Gritaría cada vez que intentases encender un cigarrillo y nunca te pediría perdón. Tampoco te pediría perdón cuando estrujara tu corazón para hacerlo bombear más deprisa, ni cuando prefiriera un día de lluvia que salir por ahí.

Nos emborracharíamos, el uno a otro, sin necesidad de una sola gota de alcohol y la mañana siguiente te levantarías con resaca y mis marcas en tu cuello ( y yo mucho más feliz que la noche anterior).

Si apuras un poco la sensación puede que hasta consigas que deje el café. (Bueno, esto son un poco palabras mayores pero me lo pensaría).

Si me enamoraras ya no tendrías que pedirme más excusas a escondidas intentando ocultar que te parte el alma verme sonríe con otro que no eres tú, ni tendrías que hacerte el tonto cada vez que apareces por casa y dices que no tienes ni idea de cómo has vuelto a acabar aquí.

Si las cosas pasaran como deberían pasar yo ahora no estaría escribiendo esta carta que seguramente nunca envíe. Y tampoco estaría ahora mismo a punto de coger un autobús para irme a unos cuantos kilómetros más lejos. Ni tampoco estaría llorando porque le voy a decir a tu amigo ( ese que se emborracha en todas las fiestas) que te devuelva la sudadera que me regalaste.

Las cosas serías muy distintas.

Y nosotros seríamos otros.

Y cada vez que pienso en eso último no puedo impedir ponerme infinitamente triste.


PD: Que sepas que te quise pero que ya no lo veo tan suficiente como al principio.












domingo, 1 de mayo de 2016

Que bonito bailas cuando piensas que nadie te está mirando.

Nos adentramos en un bar sin nombre y tu pides una ronda de chupitos - una detrás de otra - y yo bebo sin conciencia ni culpa porque hace meses que no tengo la sensación de mariposas en mi estómago. Será que habré terminado vomitando todo el amor, porque ni si quiera recuerdo a que se asemejaba la sensación.

Aquí seguimos tu y yo (juntos), y no solo porque yo te tenga que acompañar a casa; si no porque no conozco a nadie más divertido que tú sobrio y sigo intentando encontrar a alguien que beba ginebra, tengas los ojos oscuros y se parezca un poquito a ti. Solo un poquito.

Porque me encantaría verles a todos ellos encima de una mesa, con una botella en una mano y el corazón en otra, cantando tu canción favorita a pleno pulmón; como si la melodía fuese a desaparecer próximamente. Espero que no lo haga nunca.  Sintiendo que se acaba el momento pero que lo estás viviendo hasta succionarle toda la sustancia.( No sé si me entiendes).

Así eres tú. Una piñata que explota y se convierte en guerra zombie ATP. Algo que está preparado para mi desastre o para algo mucho peor y que después de doce cervezas sigue en pie pidiendo otra canción. Y otra, y otra más. Hasta que se nos acaben las ganas de respirar entre humo de cigarrillo e historias de una sola noche.


Podría jurar que ya te había conocido en muchas vidas antes que esta. En algunas en las que tenías una sonrisa más asesina y me querías un poco menos. Pero, ¡mira cómo bailas nuestra canción!