No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

martes, 27 de septiembre de 2016

Que hijo de puta.

- Espera. Para. No hables tan rápido. Me estoy perdiendo. No te sigo. Demasiada información. Por favor. Tómatelo con más calma. Es que yo...

Y la repetición precipitada de un intrínseco de frases parecidas sobre la rapidez del tiempo y lo incapaz que soy de seguirte el ritmo. Porque la verdad es que no puedo.
Andas a tropicones, sonríes de pasada, te escondes en los baños durante cinco minutos hasta que te calmas y sigues soltando cosas inconexas. Te estoy perdiendo. En todos los sentidos posibles de poder perder a alguien.

Lo peor es cuando hablan de ti. La típica mirada de "no jodas y arranca". Me he pasado tantas horas riéndome de esto último que no sé por qué me molesto en explicarlo. Si se nota que no puedo unir palabras en el aire, esperar por tus llamadas o llegar a fin de mes. Cosas que se extinguen, luego el fuego que se lo lleva todo - incluso a mí - y la certeza desgarradora de no saber escribir y no poder para de hacerlo.

Sangrar de forma interna y carecer del derecho de abrir la boca para dejarlo salir.

El que debería esperar eres tú. Espera sentado a que vuelva, que no lo haré. Estoy hasta los cojones de dedicarte palabras tristes, trozos de frío que solo me pertenecen a mí y tener que volver. Tengo tanto que perder que prefiero demostrar que puedo perderte a ti y seguir entera o casi. Pero si digo esa parte, mi argumento de mierda se va a la mierda, a si que he pasado a ser yo la que se esconde en los cuartos de baños durante cinco minutos para poder tranquilizarse.

Arreglado. Si tiramos el paquete de café a la basura es imposible de que queden restos (debería tirar también la cafetera y el colador). Tanta inversión para acabar aguantando las lágrimas. Riendo como si fuera mayor de gilipollez edad y pudiera dominar mi vida.

Chorradas.

Después se colocan en orden todos los capítulos en los que apareces. Las ganas de tirar el libro incrementan. Intento tirarlo. No lo consigo. Acabo llorando. A ti te importa una mierda. A mí hace mucho tiempo que también.

Así hasta que yo me convierta en rana.

Tú y tu puto problema, y luego yo igualándolo todo para intentar salvarte.

Hay que ser gilipollas.



martes, 6 de septiembre de 2016

Joder, que estamos en Septiembre.

Se suponía que íbamos a tenerlo todo claro, planificado. Tendríamos los billetes reservados tres meses antes, en ventanilla - para poder ver el mar - mientras vemos alejarse a tu ciudad. Irnos con la cabeza bien alta y una sonrisa que rompiera tímpanos. Dejar nuestras vidas  desgastadas atrás; despertarnos mientras amanece con una identidad distinta. Cambiar de aires, porque de personalidad no se puede.

Pero estoy esperando en la estación, bajo la lluvia. Nuestro tren ha salido tres veces y tu no has llegado - será el puto tráfico o tu funeral - que no nos deja avanzar a ninguno. Será tu carta de despedida, esa sobre que tenías demasiadas cosas en la cabeza como para escapar, que te quedabas en tu horario de ocho a tres con tu gato y tu piso con olor a humedad.

La lluvia no está mi fría. No sé si es porque ya me estoy haciendo inmune a acabar congelada o porque me lo esperaba...

Me lo esperaba.

En el fondo nunca tuviste suficiente corazón para dárselo a otra persona.

Y nada, doscientos euros de tren tirados a la basura y nuestra relación hecha trizas.

Eres un profesional.



domingo, 4 de septiembre de 2016

Eres tú.

Amanece. Tengo los labios cortados de decir tantas verdades y me pasé el lóbulo izquierdo del cerebro. He llegado hace dos horas; no podía dormirme. Las cosas están empezando a ir a toda hostia y no me da tiempo de deshacer las maletas - siempre acabo largándome -. Ya ni siquiera enlazo las frases con el futuro siguiente. No hay nada más triste que darse cuenta de que el tiempo ya no es suficiente, de que no eres suficiente y vas con fecha de caducidad. Seis meses. Cinco. Cuatro. Tres semanas. Dos días. Un minuto.

No me veo en esa vida de horarios a contra reloj y sonrisa ensayada - de laboratorio -; he visto a tantos especímenes convertirse en la misma persona sin tener el mismo ADN que me da miedo. Todavía no sé si es miedo por la cercanía del instante o porque voy hacia el mismo precipicio a ciento ochenta y por autovía. Vuelven a aparecer las luces de neón avisando de la siguiente salida.

Ojalá no quisiera coger el desvío más cercano y perderme en el durante. Fallos técnicos. Mala navegación.

Y el corazón haciendo aguas. Memorizando las noches hasta las tantas con chupitos de más, amigos de menos. Amores que caducan antes que la comida china. Está vez no se me escapan las cosas de las manos, saltan fuera en busca de un lugar más seguro que una chica que intenta escribir con la zurda siendo diestra, pide café cantando y tiene rotos los colmillos. Debería estar un poco más cerca de los libros, más enérgica, un poco menos vieja después de hacer vivido tan seguido y sin parar.