No des nada por terminado, las palabras tristes aun no han acabado.

martes, 20 de junio de 2017

A los diecisiete

Cuando tenía diecisiete caminaba rápido,
sufría pánico escénico
y volvía a casa siempre sola.

Tenía una púa que era un recuerdo
y un salvavidas,
acuarelas que a veces me pintaban sonrisas
y otras
que se corrían cuando yo no paraba de llover.

Un futuro poco prometedor,
amigos que no me cogían el teléfono,
pocas ganas,
mucho sueño.

Y eso nunca era suficiente.

Cuando tenía diecisiete
y me daba miedo saltar desde acantilados por mi misma
y acababa saltando por los demás,
para no perder comba;
acabando en parques a las cuatro de la mañana
sin saber qué hacer.

Y me parecía lo más adecuado,
aunque bebiera de más
amara de menos
y reprimiera las ganas de gritar hasta llegar a casa.

Tenía un sistema nervioso roto que se caía
pero rebotaba,
una amiga con ataques de ansiedad,
paquetes de pañuelos para compartir,
ibuprofeno en el corazón
y un amor que no iba a llegar a ninguna parte.


Ahora,
que ya no los tengo,
paso frío cuando amanece
ya no soporto caminar rápido
y
se han acabado los pañuelos.

Mis amigos no me cogen el teléfono
porque ya no están en mi lista de contactos.

No salto abismos por los demás
porque prefiero quedarme en la cama
haciendo submarinismo
y
en mi corazón ya no queda sitio para ninguna sustancia
que me haga de anestesia.


Pero sigo acabando en parques.
Y tengo miedo,
un amor que no va a ninguna parte pero se mantiene,
cicatrices en las muñecas que no me he hecho yo,
un futuro poco prometedor que me hunde


y siempre vuelvo a casa sola.



Aunque no tenga diecisiete




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